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Blog personal del escritor Marplatense Alejandro Ramon. Vida y obra.
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17 de Agosto, 2007 · Narrativa

BANDERA AMARILLA

 

 

 

 

Primer Premio

II Concurso Nacional de Cuento y Poesía "Julio Cortazar". 2005.  Copetel. Mar del Plata. Argentina.

 

Conventillos repletos de lejanías, murmullo de voces extrañas venidas de

 

ultramar, canciones entreveradas con guitarras y  tamboriles, acunaban

 

sonidos nunca escuchados por aquí.

Voces y sueños; negros, pardos y mulatos; indios, zambos y mestizos; milongas, habaneras y candombes; gringos, gauchos y miseria se retorcían en los arrabales, extendiéndose como una mancha de tinta oscura en un mantel de hilo blanco. El fango del casco colonial, empujaba a los pudientes hacia el norte, hacia las nuevas mansiones que crecían en Retiro.

El sur, en cambio, ese sur maloliente con sus calles cubiertas de desperdicios, con su aire de verano irrespirable, construía conventillos de chapa y madera por San Telmo y La Boca, donde se apretaban las oleadas de inmigrantes.

Y como si algo faltase para completar el cuadro de hacinamiento y promiscuidad, atracaron los soldados venidos de la guerra. Algunos llegaron enfermos de Paraguay, muchos murieron vomitando negro en Corrientes.

 

–Mi madre me ha encomendado hablase con usted a nombre de Amaranto Leyes, mi padre, por si tiene voluntad de favorecerlo de algún modo. Hombre fuerte si lo hubo, que zafó por milagro del cólera en el 67, ya ocupaba por veinte años esa parcela,  pasando el bañado de Flores. Salía de a caballo, bien entrada la noche, llegaba a unos corrales que había detrás de los saladeros de Barracas, ataba la yunta de bueyes al carretón, llenaba el tonel de agua en el Riachuelo y comenzaba el reparto cuando todavía no clareaba. A esta familia la ha servido por muchos años.

La mujer asintió en silencio.

–Casi al final se dio cuenta que en diciembre empezaron a aumentar la cantidad de difuntos, por lo que coligió que la epidemia había comenzado bastante antes de lo que dijeron. Hasta que a fines de enero dieron la voz de alarma, cuando se vio que desde San Telmo la peste salía en busca de otras parroquias. Allí fue cuando solito él y su alma, tomó la iniciativa de quitar el tonel y ayudar en el acarreo de cadáveres que, por porfiados y no querer resucitar, solían quedar tendidos en la calle por días, sin que nadie se les acercase. Los alzaba y llevaba hasta la estación Bermejo, la Fúnebre como la llamaban. Desde allí, en tren, llegaban hasta la Chacarita de los Colegiales donde se los enterraba. Tamaña fue la mortandad.

El muchacho se mantenía de pié, haciendo girar lentamente el sombrero entre sus manos, con la mirada fija en el suelo. La rastra de monedas, ancha y brillante, se destacaba bajo la corralera bordada. Calzones nuevos, chiripá y poncho cruzado al hombro completaban el atuendo. Se había vestido como para fiesta porque el momento lo ameritaba.

–Los muertos morían apurados, los sepultureros eran sepultados y otros tuvieron que agarrar la pala, entre ellos, yo mismo, y cavar fosas de noche alumbrados a vela y antorcha. Entonces vino la disparada general ¿se acuerda? Los que se iban eran tres veces más que los que se quedaban. Gringos pechando por subirse a los barcos y gentes huyendo a como diera lugar, eran cuestiones que se veían a diario. Después decretaron el asueto y el gobierno con Presidente y todo se montaron en el tren y se fue de Buenos Aires echando humo. Quedaron unos pocos médicos repartiendo vomitivos, purgantes y agua de borraja para echar fuera el mal que entraba en los cuerpos, según decían, al respirar las “hediondeces”. Usted misma estaba entre los poquitos que quedamos.

La mujer lo observaba desde el sillón de la sala, mientras tomaba con lentitud el té que le acababa de traer una mulata gorda. Así había sido, sólo que del otro lado se veía diferente, aunque no mucho.

–Con el gobierno huido, el gobernador que no acertaba y el susto, la Comisión Popular salió a las calles. Se paseaban con un piquete policial de apoyo, plantando la bandera amarilla de la cuarentena donde hubiese un enfermo. En caso de encontrar un finado, desalojaban la casa y mandaban quemar todas sus pertenencias. Los gringos, que ni entendían la lengua, quedaban al descampado sin saber para donde disparar. Así fue en los conventillos, sólo allí, porque jamás quemazón alguna llegó a las casas de la gente conocida. Así nomás fue señora, y perdone que lo diga frente a usted con franqueza.

No estaba errado, pensó la mujer. Cuando su sobrino Adolfito murió, nadie se acercó queriendo desalojar ni quemar nada.

–Después de la epidemia mi padre regresó a su trabajo de aguatero, las gentes a sus hogares y los barcos a los muelles. Nosotros seguimos en el mismo rancho pasando el bañado de Flores. Pero el Juez de Paz le ha echado el ojo a las tierras y una madrugada la patrulla lo bajó de la carreta a  golpes y lo llevó engrillado. Usted sabrá, señora, que en estos tiempos son frecuentes las levas, empeñadas en poblar cuarteles. Para esos menesteres importa poco no saber leer ni escribir, que es la situación de casi todos en esta ciudad y muchos más en la campaña. Así cualquiera puede ir a parar al fortín. La familia me ha encomendado a mí, que soy el único que atina a leer, para que hable con usted que lo conoce y recuerda de los tiempos en que el Dr. Adolfo Señorans, su sobrino, que Dios lo ampare y tenga en la gloria, trabajaba en el lazareto y contaba con mi padre para que le acarree los que palmaban por la fiebre, hasta que la muy ladina se lo llevó a él también.

–Yo recuerdo a tu padre y sé que es un hombre de bien. También sé que no está en edad de andar guerreando con indios ni montoneras. Veré que cosa es la que puedo hacer por él, aunque no te prometo nada. ¿Cómo decís que te llamás?

–Artemio Leyes, señora, el hijo de Amaranto.

No bien el muchacho traspuso la puerta de calle, Felicitas mandó con la mulata un recado a su amiga, en el que le pedía reunirse a la brevedad con ella, para tratar un tema de importancia y gravedad.

 

María Beláustegui de Cazón, mujer de la aristocracia porteña conocida por ser de carácter fuerte, difícil de arrear y pecar, en ocasiones, por falta de prudencia, había cumplido una actuación destacada durante la epidemia de fiebre amarilla, conduciendo la Sociedad de Beneficencia. Felicitas quería consultarla respecto a quién del gobierno podía abordar para que el problema encontrara solución.

–No te andes con vueltas. Aprovechá la amistad que tenés y hablá con él.  Las cuestiones, cuanto más directamente se encaran, mejor se resuelven.

–Tendrás que acompañarme para darle mayor formalidad al asunto.

–Muy bien, contá con migo. Cuando tengas la audiencia concedida me avisás.

 

El empleado las hizo pasar, invitándolas a tomar asiento frente al escritorio. El hombre que lo ocupaba, robusto y calvo, siguió imperturbable firmando papeles hasta que, súbitamente, paró el cuerpo que terminaba en una cara con expresión de desagrado.

–Cuando unas señoras como ustedes se acercan al despacho del Presidente de la República, algo tendrán que pedir o por alguien querrán interceder –dijo extendiéndole la mano a cada una.

–Así es Domingo, no te has equivocado, hemos venido a pedir por un gaucho...

–No me vengas Felicitas a hablar de vagos mal entretenidos. Bastante tengo con esas macanas que acaba de publicar José Hernández en su Martín Fierro –dijo interrumpiéndola sin disimular su mal humor.

–Mal entretenido es, en todo caso, ese Juez de Paz que ha llevado a un

 

héroe al cepo, queriendo quedársele con el campito. Por otra parte

 

recuerde señor Presidente las elecciones en las que resultase electo,

 

quiénes votaron y cómo lo hicieron  –dijo María, sin poder aguantarse en

 

el asiento–. Amaranto Leyes fue de los que no votó pero cuando hizo

 

falta se quedó. Fue de los que entró donde había bandera amarilla y

 

levantó cadáveres y mandó a sus hijos a cavar fosas a la Chacarita, no

 

como ese aficionado a lo ajeno que disparó, igual que muchos en

 

Buenos Aires. ¿Qué piensa hacer usted con él, lancearlo?

 

 

Esta señora no le perdonaba nada, pensó. Ahora sacaba a la luz sus

 

dichos, justificando la muerte del Chacho. Creía que eso estaba

 

enterrado, pero siempre hay alguien que lo reflota.

–Señora de Cazón, le recuerdo que fue y es mi deber velar por la continuidad de la institución presidencial, de la que depende el destino del país, por si sus apreciaciones van dirigidas a mi persona.

–Muy bien, pero aquí quedó sólo Avellaneda, con su barba y sus responsabilidades. ¿Dónde fue a parar el resto? Hasta Alsina espoleó y se perdió en la polvareda. Todos se rasgan las vestiduras ahora, pero nadie prestó atención en su momento, ocupados como estaban de guerrear, a los repetidos pedidos de Wilde y Rawson. Si se hubieran hecho los desagües y se hubiesen limpiado las calles, otro gallo cantaría.

–Dejen los datos del hombre a mi secretario y veremos que puedo hacer –dijo el Presidente, poniéndose de pié en actitud de dar por terminada la entrevista.

–Domingo, no te enfurezcas –Felicitas retomaba la palabra con tono conciliador–, a ese gaucho no sólo se lo debe poner en libertad, hay que colgarle una medalla al pecho. En sus brazos murió Adolfito cuando nadie quería acercársele. No creas que los únicos héroes fueron Muñiz, por haber sido médico militar, o los doctores de la Comisión Popular. Hubo gente simple que también lo fue, que existió pero pocos la vieron. De lo contrario tendré que darles la razón a quienes piensan que somos un pueblo de generales, algunos doctores y... y la chusma. Deberías ocuparte de esto. Mientras tanto nosotras te ponemos la bandera amarilla, que hemos de quitártela cuando hayas  resuelto el caso.

–Señor Presidente, imagino que serán muy pocos los que se atrevan a hablarle con crudeza y disentir fuerte, menos aun en su propio despacho. Le ruego que me perdone si es que me he excedido, pero a los presidentes les viene bien, de vez en cuando, oír la palabra llana de la gente.

El mentado Juez de Paz murió de cólera diez años después en Fortín Yunká, Formosa. La familia de Amaranto Leyes, el aguatero, conserva su campito pasando el bañado de Flores.

 

 

 

 

 

 

 

publicado por alejandro37 a las 17:35 · 3 Comentarios  ·  Recomendar
Comentarios (3) ·  Enviar comentario
Muy bueno ... Un aire de verdadero republicanismo...Para ver que tiempos pasados no fueron , en esencia, mejores que los de "ahorita".
Un gusto volver a leerte Alejandro.
PD: Quisiera que publicaras el del encuentro secreto en el bar, durante la represión...No recuerdo su título, pero me golpeo duro cuando lo leí.
Un abrazo
publicado por Guillermo, el 18.08.2007 23:00
Me encantó este cuento,no lo había leído.
Felicitacines y mucha suerte.
publicado por Cristina, el 21.08.2007 16:53
me encantó, parece que la historia volviera a repetirse con otras enfermedades ( el cancer por intoxicación de aguas con uranio) pero siempre por lo mismo: la contaminación producto del hombre. No terminamos de aprender nunca de las experiencias..
publicado por guillermina, el 26.12.2007 03:37
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Alejandro Ramon

Ha sido distinguido con diversos premios literarios de narrativa, entre los que se destacan los obtenidos en Junín, Mar del Plata, Villa Giardino (Córdoba), Escobar, Capital Federal, General Alvarado, Junín de los Andes, La Plata y Villa Ballester, en la República Argentina, y en Viena, Austria, en el Concurso Literario XICoATL "W.A.Mozart".
Miembro Fundador de la Peña Literaria El Carancho

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